lunes, 25 de mayo de 2026

what remains

Créeme cuando te digo que desearía, desde el fondo de mi corazón, dejar de verte en cada calle, dejar de escucharte en cada canción. Desearía poder ser igual de indiferente a ti, pasar la página sin sentir que una parte de mí se quedó atrapada contigo.

It surprises me how easily you moved on while I still carry your absence in the smallest corners of my day. And I hate that my heart still looks for you in places where you no longer exist.

Porque lo que más me dolió fue sentir que mi tristeza nunca te importó realmente. Como si fuera más sencillo ignorar el daño que aceptar que también rompiste algo dentro de mí.

When I let you in, I was the kind of woman who held your fears carefully, who loved you gently enough to make you feel safe inside your own mind. I don't know how to love any other way — I celebrate your wins like they're mine, I stay through the hard parts, I rebuild what's broken with patience.

And maybe that's why this hurts so much — because I loved you completely, while you only loved me when it was convenient.

Ahora me pregunto qué hago con el miedo que dejaste sembrado en mí. Con esta versión más fría y más cansada que las próximas personas tendrán que conocer. Lo más triste es que se parece demasiado a ti.

Because every heartbreak seems to steal a little more of my softness — until loving no longer feels natural. Only dangerous.

Aun así, me quedo con la paz de saber que sí quise amarte de verdad.

And maybe one day you'll understand that being loved by someone willing to stay through everything — was never something ordinary.

miércoles, 29 de abril de 2026

Dedicación

En algún lugar donde el amor no se mide en promesas sino en detalles, existe una regla silenciosa:
solo quienes saben sostener, pueden quedarse.

Ella aprendió esa regla tarde, pero la aprendió bien.

Por eso, cuando pensaba en a quién querer, no imaginaba rostros, sino sensaciones.
Quería a alguien que se sintiera como una canción completa.
No un coro repetido, no un verso bonito que se olvida,
sino algo que tuviera principio, intención y permanencia.

Alguien liviano, no por superficial, sino porque no pesa amarle.
Inteligente en la forma de estar,
noble en lo que hace cuando nadie lo mira,
servicial sin que se lo pidan,
atento sin volverse invasivo,
consentidor porque disfruta querer.

En ese mismo lugar —donde lo invisible tiene más valor que lo dicho—
existen quienes aún escriben cartas a mano,
quienes entienden que dedicar una canción es quedarse,
pero dedicar discos completos es elegir todos los días.

Ella no quería gestos grandes vacíos,
quería flores con intención,
dulces sin motivo,
citas pensadas, no improvisadas por costumbre,
sorpresas que no fueran estrategia, sino deseo genuino de verla sonreír.

Y había algo más, algo que no negociaba.

Quería a alguien que no solo la eligiera a ella,
sino que supiera entrar en su mundo sin romperlo.

Que se acercara a su mundo con respeto y cariño,
que viera en su vida no una responsabilidad, sino un privilegio,
que entendiera que amar a una mujer como ella
también implica cuidar lo que ella ama.

En ese lugar, dicen que las historias no se escriben con finales,
sino con coherencia.

Y por eso, aunque muchos pasan, pocos se quedan.

Porque no todos saben ser canción.

Y ella solo estaba dispuesta a vivir, bailando la vida.

Bosque

Esa noche el bosque hablaba,
pero dentro de ella
todo era silencio.

Volvía cansada,
con algo desbordándose
que no alcanzaba a ser llanto.

Evitaba el claro,
evitaba su nombre,
pero igual se detenía.

Como si el cuerpo recordara
lo que la razón ya sabía.

Esperaba
un gesto mínimo,
un “¿cómo estás?”
que nunca llegaba.

—No es él—
se dijo—
es esta forma mía
de quedarme en lo incompleto.

Y dolió.

—¿Qué espero?
¿que cambie
o tener el valor de irme?

Se miró
y no se gustó.

—Perdóname—
susurró—
por conformarte
con tan poco.

Entonces el silencio
dejó de ser vacío.

—Si no es esto…
¿qué sí?

Y por primera vez,
no dolió.

—Quiero un amor sin duda,
sin espera,
donde pueda ser
sin traducirme.

Quiero casa.

Y esa noche
no brilló para que la encontraran,
sino apenas lo suficiente
para empezar a elegirse.

Para el desamor

La mujer que no quiso dedicar canciones.

No porque no amara la música, sino porque había aprendido que algunas letras prometen lo que ciertas personas nunca cumplen. Por eso, cuando escuchaba esas canciones, sonreía apenas, como quien reconoce una historia que ya no quiere volver a vivir, como la crónica de una muerte anunciada.

Esa mujer —que a veces se llamaba fuerte y otras veces cabrona para no decirse triste— tenía una hermana de vida, una amiga con la que compartía todo: las risas, los chismes, incluso las historias de desamor, como esta. Pero un día apareció él, y entonces todo cambió.

¿Cómo contarle a su hermana de alguien que nunca estuvo del todo?
¿Cómo explicarle una historia que empezó incompleta y terminó igual?

Porque él nunca quiso una relación. No de verdad.
Y ella, en el fondo, siempre lo supo.
Seguramente su hermana también lo supo.

Sabía que la exclusividad le pesaba, que era como intentar encerrar el viento en una botella. Pero aun así, lo dejó entrar. Y lo tuvo. Muchas veces. Lo guardó en la memoria como se guardan las olas: en el cuerpo, en la piel, en un rincón del corazón donde todavía hace eco.

Lo peor no era eso.

Lo peor era saber que, si él volvía a buscarla, ella también volvería. Como quien conoce el incendio y aun así acerca las manos al calor.

Un día, mientras se miraba al espejo, se dio cuenta de algo incómodo: había estado aferrada a casi nada. A un hombre que no la cuidaba, que no la celebraba, que nunca preguntó qué le gustaba, qué le daba miedo, qué la hacía quedarse despierta por las noches.

Entonces compró un labial nuevo.

Un color distinto. Un sabor distinto.
Y, por primera vez en mucho tiempo, no era para él.

Era extraño, pero satisfactorio: ya no caminaba detrás de nadie intentando ser vista.

Aun así, los recuerdos no desaparecían tan fácil.

Volvían como golpes pequeños: las veces que él la rechazó, como si su cuerpo fuera un error. Cuando estuvo enferma y él respondió con indiferencia. Esas pequeñas grietas que, juntas, terminaron rompiendo todo.

A veces se preguntaba si de verdad quiso eso.
Si en algún momento creyó que podía cambiarlo.

Y justo cuando la nostalgia intentaba suavizar la historia —cuando aparecían los días buenos, las risas, lo bonito— ella se detenía.

No.
No iba a engañarse.

—Mentiroso —decía en voz baja, como si él pudiera oírla.
—Mentiroso.

Porque la había hecho bajar la guardia.
Porque la hizo confiar.

Y aun así… había vuelto.
Había vuelto a entregarse, a hacerse pequeña para caber en un lugar donde nunca hubo espacio suficiente para ella.

No sabía cuánto tiempo podría sostener esa forma de existir.

Pero había algo que no podía negar: le gustaban sus besos. Le gustaba cómo la hacía sentir deseada, aunque fuera a medias, aunque fuera por ratos.

Y eso la hacía sentir un poco loca.
Un poco tonta.

A veces, todavía imaginaba esa lista de cosas que dijeron que harían juntos. Lugares, planes, futuros inventados en noches donde todo parecía posible.

Sabía que la distancia física que se avecinaba sería una especie de prueba.
Un punto de quiebre.

¿Serían o no serían?
¿Seguirían o no?

Pero mientras tanto, la mujer del labial nuevo tomó una decisión distinta.

No iba a rogar.
No iba a perseguir.

Si acaso… iba a quedarse.

Iba a dejar que su presencia pesara en la ausencia.
Que su risa se volviera recuerdo.
Que su cariño, ese que él nunca supo sostener, empezara a faltarle.

No como un hechizo oscuro, sino como una verdad inevitable:
cuando alguien se va de verdad, deja un vacío que ni el orgullo puede llenar.

Y por primera vez, no quería que él la eligiera.

Quería que la extrañara.
Que la necesitara.
Que entendiera —aunque fuera tarde— que no habría otro amor como el que dejó perder entre las manos, las piernas, la mente y el corazón…

de aquella mujer
que nunca volvió a dedicar canciones.

lunes, 20 de abril de 2026

Para mi hermano

Hay momentos en los que algo se rompe adentro
y todo se vuelve difícil de sostener.

Y en medio de eso,
pienso en ti.

No porque tengas respuestas,
sino porque contigo
las cosas no se sienten tan pesadas.

Hay algo en tu forma de estar
que no hace ruido,
pero sostiene.

Y yo…
creo que aprendí a mirar el amor desde ahí.

Por eso me confunde tanto
quedarme donde algo no alcanza.

Porque lo veo.
Lo entiendo.
Sé cuando algo no es suficiente.

Y aun así,
a veces me quedo.

No por ingenua.
No por falta de fuerza.

Sino porque hay una parte de mí
que sigue creyendo
que querer también es insistir.

Pero tú no eres así.

Tú no complicas lo esencial.
No haces del cariño un lugar incierto.

Contigo,
cuidar nunca ha sido duda.

Y tal vez por eso,
sin darme cuenta,
terminé buscando eso mismo afuera:

alguien que esté,
que sostenga,
que no haga del amor
algo que se cuestiona todo el tiempo.

Pero no todo lo que se siente
es suficiente para quedarse.

Y entender eso
también duele.

Aun así,
cuando todo se me enreda,

sigues siendo eso
a lo que vuelvo sin pensarlo.

No como escape,
sino como lugar.

Y ahí es donde algo se ordena:

en saber
que el amor que elija

tiene que ser tan claro,
tan firme,
tan tranquilo

como el que aprendí de ti.

sábado, 18 de abril de 2026

Para ti

Hay días como hoy
en los que la nostalgia no llega por lo que se fue,
sino por lo que sigue…
pero nunca termina de estar.

Y eso es peor.

Peor es extrañar lo que todavía respira,
pero se escurre entre las manos
como si nunca hubiera sido realmente mío.

Hoy me pesa esta sensación
de haber querido darlo todo,
de haberme abierto sin medida,
mientras algo en mí —muy adentro—
ya sabía que no iba a ser correspondido.

Y aun así lo hice.

Me quedé, insistí, ofrecí.
Como si amar más
fuera a cambiar algo.

Vivo con esta sed absurda
de demostrar lo que soy capaz de dar,
de desnudar mi alma
frente a alguien
que nunca tuvo la intención de mirarla.

Y entonces llegan las dudas.

Silenciosas, pero constantes.

¿Fuiste sincero alguna vez?
¿O fui yo quien decidió creer?
¿Me estoy volviendo como tú…
o esto es el resultado de haber ignorado tantas señales?

A veces pienso que es una especie de castigo,
una limpieza dolorosa
de todo lo que no supe ver a tiempo.

No debí abrirte mi casa.
No debí hacerte real en mi mundo.
No debí pronunciar tu nombre
como si significara algo más.

Y, sobre todo,
no debí soltarte el corazón
con esa facilidad.

Aunque ahora…
lo sienta de regreso,
golpeado, sí,
pero otra vez mío.

Porque tú…

tú fuiste un vicio.

Y lo más cruel
es que aún puedo nombrar todo lo que me atrapó:
tu cuerpo,
tus labios,
tus besos,
tu fuerza…

pero también tu indiferencia,
tu distancia calculada,
esa forma tuya de dominar sin quedarte.

Y duele reconocer
que todo eso que me hería
era exactamente lo que más me atraía.

Pero no fui ingenua.

Vi el momento exacto
en que decidiste no elegirme.
Vi cómo tomaste lo que querías,
cómo te quedaste hasta llenarte…

y cómo, cuando ya estabas bien,
simplemente me dejaste atrás.

Como si yo hubiera sido un lugar de paso.

Y no.

No voy a cargar con esa historia mal contada.

El problema no soy yo.
Nunca lo fui.

Yo sé lo que di.
Sé lo que ofrecí sin reservas.

El problema eres tú:
tu incapacidad de ser claro,
tu cobardía para cerrar lo que empiezas,
tu necesidad de dejar que otros hagan el trabajo sucio por ti.

Esperabas que yo terminara esto.
Que yo cargara con la culpa.
Que yo fuera la que se fuera.

Pero no.

No esta vez.

No voy a darte esa salida fácil.
No voy a regalarte mi dignidad
para que puedas seguir fingiendo que no hiciste nada.

Me hiciste aprender.

A la fuerza, sí,
pero aprendí.

Aprendí a ver,
a leer entre gestos,
a no confundirme con migajas disfrazadas de afecto.

Me hiciste tu mejor estudiante.

Y ahora…
ahora soy más peligrosa en lo que entiendo,
más fría en lo que permito,
más clara en lo que merezco.

Ya no soy la misma.

Ahora soy sagaz.
Ahora soy más inteligente.

Y esta vez,
el final
lo escribo yo.

domingo, 5 de abril de 2026

Para ellas

Sí, me da miedo desbordarme.

Me da miedo no reconocerme
cuando estoy sin defensas,
cuando bajo la guardia
y dejo de calcular cada palabra,
cada gesto.

Me da miedo que un día mi forma de sentir
te parezca demasiado,
que la mires desde lejos
y te burles de lo que soy
cuando no estoy protegida.

Me da miedo no saber sostenerme
si llega la decepción.

Pero aun así…

aun así, me rehúso a pensar mal de ti.

Porque hay algo en ti
que me desarma sin violencia.

No puedo ignorar la forma
en que hablas de mi vida,
como si ya la cuidaras
desde un lugar suave,
serio… real.

No puedo ignorar
cómo me buscas en las noches,
como si dormir juntos
no fuera costumbre,
sino refugio.

Como si mi cuerpo
también fuera descanso para ti.

No puedo ignorar
cómo me sostienes…

esa mezcla exacta
entre firmeza y fuerza,
que no invade,
pero tampoco duda.

Y entonces…

elijo quedarme aquí.

En esto que empieza a crecer
sin pedir permiso.

Quiero seguir queriéndote.

Quiero dejar de medir lo que doy
y simplemente darte.

Quiero aprenderte,
en lo evidente
y en lo que escondes.

Quiero conocer tus silencios
sin sentir que tengo que llenarlos.

Quiero ser ese lugar
al que vuelves
cuando algo te pesa,
donde no tienes que explicarlo todo
para ser entendido.

Quiero que pienses en mí
como tu mujer…

no desde la posesión,
sino desde la elección diaria.

Quiero ser tu soporte,
tu pausa,
tu impulso.

Y también quiero que tú
seas eso para mí.

Quiero sentirme viva en esto,

con hambre…

hambre de crecer contigo,
de construir,
de tener más,
de ser más.

No desde lo que falta,
sino desde lo que se expande.

Ser poderosa a tu lado,
no detrás de ti.

Ser tu base
y tu escudo,

sin dejar de ser
mi propio territorio.

Y sí…

quiero que seamos de esos
que no pasan desapercibidos.

No por ruido,

sino por presencia.

De los que se sienten
cuando entran a un lugar,

porque hay algo entre ellos…

algo vivo,
intenso,
inevitable—

que no se puede fingir.

martes, 24 de marzo de 2026

Para mi

Había una mujer
que dejó de achicarse frente al espejo.

No hizo ruido.
Fue como la marea
cuando cambia de dirección
sin pedir permiso.

Durante años
había sido orilla:
pies abiertos a todo,
manos extendidas,
el pecho aprendiendo a sostener
lo que apenas sabía nombrarla.

Hasta que el cuerpo habló.

La piel cansada de ser frontera.
La boca entendiendo que no todo merece su nombre.
Las caderas recordando
que no están hechas para ceder,
sino para sostenerse.

Entonces miró al mar
y se reconoció.

No en la superficie,
no en la espuma que se disuelve,
sino en lo hondo.

En esa fuerza que no se ve
pero decide el ritmo de todo.

Aprendió que no es orilla.
Que nunca lo fue.

Que es agua en movimiento,
corriente que elige,
profundidad que no se negocia.

Que puede abrirse como ola, sí,
pero también recogerse
sin explicaciones.

Que puede arder bajo la piel
como lava antigua
y aun así mantenerse intacta.

Desde entonces
ya no confunde sacudida con raíz,
ni llegada con destino.

Deja que el viento toque su superficie,
que la lluvia marque su espalda,
que el deseo le recorra el cuerpo
como un río breve—

pero no se entrega a todo lo que pasa.

Porque hay algo que ahora sabe:

no todo merece su profundidad,
no todo alcanza su altura,
no todo conoce su nombre.

Y en esa certeza
—clara, firme, viva—

hay una mujer
que ya no se contiene
ni se desborda:

se sostiene.

Como el mar,
como la tierra,
como todo lo que es inmenso

sin tener que demostrarlo.

Para todos

A veces queda una inquietud difícil de nombrar,
como si algo importante hubiera pasado
sin terminar de ocurrir del todo.

No es ausencia, exactamente.

Es más bien una sensación persistente
de haber estado cerca de algo…
y no haber sabido sostenerlo en las manos.

Porque hubo momentos que parecían ciertos.

No lo suficiente para afirmarlos,
pero sí lo bastante intensos
como para no poder negarlos después.

Y eso es lo que duele.

No la claridad de lo que fue,
sino la ambigüedad de lo que pudo ser.

Hay afectos que no se instalan,
pero tampoco desaparecen.

Quedan ahí,
como una forma de eco,
repitiéndose en silencio
cada vez que algo los roza.

Y entonces una parte de uno
empieza a girar alrededor de esa sensación,
casi sin darse cuenta.

No por decisión,
sino por una especie de inercia emocional
que se vuelve difícil de interrumpir.

Se ceden pequeños espacios,
se hacen pausas invisibles,
se reordena la propia vida
en función de algo que nunca termina de tomar forma.

Y cuando finalmente se mira con cuidado,

aparece una certeza incómoda:

ahí empezó a doler.

No de golpe,
no con violencia,

sino de esa manera lenta
en la que el afecto mal sostenido
va desgastando lo que toca.

Y aun así…

no todo se siente equivocado.

Porque hubo algo genuino en la forma de estar,
en la apertura,
en esa disposición casi ingenua
de creer que lo que se sentía
tenía un lugar donde quedarse.

Eso no desaparece.

Pero cambia de sentido.

Deja de ser algo que se entrega hacia afuera
y empieza a mirarse hacia adentro.

Como si la pregunta ya no fuera
qué ocurrió realmente,

sino por qué algo tan incierto
llegó a ocupar tanto espacio.

Tal vez no era la otra presencia
lo que sostenía todo,

sino la forma en que se necesitaba creer.

Y eso es más difícil de soltar.

Porque no se pierde solo lo vivido,

se pierde también la idea
de lo que pudo haber sido.

Y a veces
eso pesa incluso más.

Hay una tristeza particular en eso,

una que no sabe bien a quién pertenece.

Si a lo que estuvo,
o a lo que se imaginó.

Pero en medio de esa confusión
empieza a aparecer algo distinto:

una claridad suave,
todavía frágil,
pero suficiente.

La comprensión de que no todo afecto
es un lugar para quedarse.

Que no todo lo que despierta
está destinado a sostener.

Y que, a veces,
quererse también implica

dejar de insistir
en lo que nunca terminó de estar.

No como renuncia,

sino como una forma más honesta
de volver a sí.

Para el pasado

Hubo un tiempo en que parecía suficiente.

Como si el afecto, por sí solo,
tuviera la capacidad de sostenerlo todo.

Hoy no estoy tan segura.

Hay una idea persistente —casi cómoda—
de que querer basta,
de que el vínculo se justifica
solo por la intensidad con la que se siente.

Pero quizás esa idea
no es más que una forma de postergar lo inevitable.

Porque hay afectos que, aun siendo reales,
no logran sostener una vida.

Y reconocer eso
tiene algo de quiebre.

No es solo la pérdida,
es también la caída de una creencia.

A veces quedan rastros.

No necesariamente de una persona,
sino de una forma de habitar ciertos espacios,
de una manera de reír,
de moverse,
de estar.

Y en momentos inesperados
algo de eso reaparece,
como si todavía tuviera lugar.

Pero no es nostalgia en sentido pleno.

Es más bien una especie de persistencia corporal,
como cuando el cuerpo recuerda algo
que la mente ya ha dejado atrás.

Un dolor bajo, constante,
que no irrumpe,
pero tampoco desaparece.

Se vuelve familiar.

Y en esa familiaridad
pierde intensidad,
pero no significado.

Tal vez ahí radica la confusión:

en seguir nombrando como amor
lo que ya se transformó en costumbre.

No una costumbre evidente,
sino esa repetición casi automática
de gestos, tiempos, presencias
que ya no se cuestionan.

Una continuidad sin pregunta.

Y en esa continuidad
se diluye algo esencial.

Desaparece la sorpresa,
la tensión,
esa forma de vitalidad
que antes hacía que todo tuviera sentido.

Lo que queda
no incomoda lo suficiente para romperse,
pero tampoco convoca lo suficiente para quedarse.

Y entonces aparece una claridad incómoda:

no es rechazo,
no es enojo,

es ausencia de respuesta.

Como si algo que antes se encendía
simplemente dejara de hacerlo.

Y no hay explicación precisa para eso.

Solo ocurre.

Lo difícil no es solo aceptar ese cambio,

sino convivir con la contradicción que deja:

una parte que aún se conmueve,
y otra que ya no puede volver.

Una especie de duelo invertido,

donde se suelta incluso
aquello que todavía tiene forma.

Porque permanecer ahí
sería más engañoso que partir.

No por falta de afecto,

sino por falta de verdad.

Y hay algo que empieza a ser irrenunciable:

la necesidad de no habitar vínculos
desde la inercia.

De no confundir compañía
con sentido.

De no sostener lo que ya no se sostiene
solo por evitar el vacío.

Porque ese vacío,

aunque incómodo,

es más honesto
que cualquier permanencia sin vida.

Y en medio de todo eso
aparece una forma de reparación silenciosa:

reconocer lo que fue,
sin forzarlo a seguir siendo.

Y también,

reconocer el momento exacto
en el que alguien,

aun estando,

ya no estaba.

Para ellos

No hubo una forma precisa de empezar esto.
Más bien apareció,
como suelen hacerlo ciertas ideas
que no piden orden para existir.

Hay presencias que no se van del todo.

No permanecen de manera evidente,
pero tampoco desaparecen.

Se desplazan.

Se alojan en lo cotidiano:
en una canción que no parecía importante,
en un sabor que insiste,
en esa luz particular de algunas tardes
cuando el frío empieza a insinuarse.

Y entonces ocurre—

sin aviso,
sin intención—

una especie de retorno.

No a un lugar concreto,
sino a una sensación compartida
que alguna vez tuvo forma.

Resulta extraño reconocer
que el afecto no ha desaparecido.

Ha cambiado, sí,
pero no se ha extinguido.

Ya no busca presencia,
no exige continuidad,
no reclama espacio en lo real.

Pero está.

De otra manera.

Más silenciosa,
más contenida,
casi como una memoria que respira.

Y lo que fue…

tuvo consistencia.

No como una idea,
sino como algo que podía percibirse:
en los gestos,
en los tiempos compartidos,
en esa forma particular
en que dos ritmos logran coincidir,
aunque sea por un instante.

Quedarse con eso
no es una forma de negación,

sino de precisión.

Reconocer que hubo verdad
sin exigirle permanencia.

A veces el cuerpo recuerda antes que la mente.

Un ritmo,
una cadencia,
una mínima variación en el ambiente…

y algo se activa.

No como nostalgia pura,
sino como una continuidad sutil
de lo que alguna vez fue significativo.

Y en medio de eso,
aparece también la gratitud.

No como consuelo,
sino como reconocimiento.

Porque hay encuentros
que transforman sin anunciarlo,
que dejan marcas que no buscan quedarse,
pero tampoco desaparecen.

Claro que hay dolor.

No tanto por lo que fue,

sino por la forma en que, en algún momento,
se proyectó más allá de sí mismo.

Hay una tendencia casi inevitable
a extender el presente
hacia un futuro posible,

a imaginar continuidad
donde solo había coincidencia.

Pero sostenerse en algo así
implica, a veces,
un costo más profundo.

Y hay decisiones
que no se toman desde la ausencia de amor,
sino desde la necesidad de no perderse.

Eso también es una forma de cuidado.

Hay afectos que no necesitan desaparecer
para dejar de ocupar un lugar activo.

Simplemente cambian de estado.

Se vuelven más internos,
más propios,
menos dependientes de lo externo.

Y aun así,
de vez en cuando,
aparece la idea—

no como insistencia,
sino como posibilidad lejana—

de que en otro tiempo,
bajo otras condiciones,
lo que no logró sostenerse
podría haber tomado otra forma.

No como expectativa,
sino como una forma suave
de imaginar lo no ocurrido.

Después viene la parte más compleja:

reconfigurar lo cotidiano.

Desligar los gestos,
los lugares,
las sensaciones…

de aquello con lo que fueron compartidos.

No para borrar,
sino para devolverles autonomía.

Y aprender, lentamente,
que construir algo nuevo
no implica traicionar lo anterior.

Implica, más bien,
hacer espacio.

Porque hay finales
que no vacían,

solo reorganizan.

Y desde ahí—

con todo lo que aún permanece,
pero ya no pesa—

algo empieza de nuevo.

No desde la carencia,

sino desde una forma distinta
de estar completo…
y aun así,
dispuesto.

what remains

Créeme cuando te digo que desearía, desde el fondo de mi corazón, dejar de verte en cada calle, dejar de escucharte en cada canción. Desearí...