sábado, 18 de abril de 2026

catarsis

Hay días como hoy
en los que la nostalgia no llega por lo que se fue,
sino por lo que sigue…
pero nunca termina de estar.

Y eso es peor.

Peor es extrañar lo que todavía respira,
pero se escurre entre las manos
como si nunca hubiera sido realmente mío.

Hoy me pesa esta sensación
de haber querido darlo todo,
de haberme abierto sin medida,
mientras algo en mí —muy adentro—
ya sabía que no iba a ser correspondido.

Y aun así lo hice.

Me quedé, insistí, ofrecí.
Como si amar más
fuera a cambiar algo.

Vivo con esta sed absurda
de demostrar lo que soy capaz de dar,
de desnudar mi alma
frente a alguien
que nunca tuvo la intención de mirarla.

Y entonces llegan las dudas.

Silenciosas, pero constantes.

¿Fuiste sincero alguna vez?
¿O fui yo quien decidió creer?
¿Me estoy volviendo como tú…
o esto es el resultado de haber ignorado tantas señales?

A veces pienso que es una especie de castigo,
una limpieza dolorosa
de todo lo que no supe ver a tiempo.

No debí abrirte mi casa.
No debí hacerte real en mi mundo.
No debí pronunciar tu nombre
como si significara algo más.

Y, sobre todo,
no debí soltarte el corazón
con esa facilidad.

Aunque ahora…
lo sienta de regreso,
golpeado, sí,
pero otra vez mío.

Porque tú…

tú fuiste un vicio.

Y lo más cruel
es que aún puedo nombrar todo lo que me atrapó:
tu cuerpo,
tus labios,
tus besos,
tu fuerza…

pero también tu indiferencia,
tu distancia calculada,
esa forma tuya de dominar sin quedarte.

Y duele reconocer
que todo eso que me hería
era exactamente lo que más me atraía.

Pero no fui ingenua.

Vi el momento exacto
en que decidiste no elegirme.
Vi cómo tomaste lo que querías,
cómo te quedaste hasta llenarte…

y cómo, cuando ya estabas bien,
simplemente me dejaste atrás.

Como si yo hubiera sido un lugar de paso.

Y no.

No voy a cargar con esa historia mal contada.

El problema no soy yo.
Nunca lo fui.

Yo sé lo que di.
Sé lo que ofrecí sin reservas.

El problema eres tú:
tu incapacidad de ser claro,
tu cobardía para cerrar lo que empiezas,
tu necesidad de dejar que otros hagan el trabajo sucio por ti.

Esperabas que yo terminara esto.
Que yo cargara con la culpa.
Que yo fuera la que se fuera.

Pero no.

No esta vez.

No voy a darte esa salida fácil.
No voy a regalarte mi dignidad
para que puedas seguir fingiendo que no hiciste nada.

Me hiciste aprender.

A la fuerza, sí,
pero aprendí.

Aprendí a ver,
a leer entre gestos,
a no confundirme con migajas disfrazadas de afecto.

Me hiciste tu mejor estudiante.

Y ahora…
ahora soy más peligrosa en lo que entiendo,
más fría en lo que permito,
más clara en lo que merezco.

Ya no soy la misma.

Ahora soy sagaz.
Ahora soy más inteligente.

Y esta vez,
el final
lo escribo yo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

eje

 Hay momentos en los que, cuando algo se rompe adentro, lo único que aparece con claridad es la necesidad de un abrazo tuyo.  No de cualq...