Sí, me da miedo desbordarme.
Me da miedo no reconocerme
cuando estoy sin defensas,
cuando bajo la guardia
y dejo de calcular cada palabra,
cada gesto.
Me da miedo que un día mi forma de sentir
te parezca demasiado,
que la mires desde lejos
y te burles de lo que soy
cuando no estoy protegida.
Me da miedo no saber sostenerme
si llega la decepción.
Pero aun así…
aun así, me rehúso a pensar mal de ti.
Porque hay algo en ti
que me desarma sin violencia.
No puedo ignorar la forma
en que hablas de mi vida,
como si ya la cuidaras
desde un lugar suave,
serio… real.
No puedo ignorar
cómo me buscas en las noches,
como si dormir juntos
no fuera costumbre,
sino refugio.
Como si mi cuerpo
también fuera descanso para ti.
No puedo ignorar
cómo me sostienes…
esa mezcla exacta
entre firmeza y fuerza,
que no invade,
pero tampoco duda.
Y entonces…
elijo quedarme aquí.
En esto que empieza a crecer
sin pedir permiso.
Quiero seguir queriéndote.
Quiero dejar de medir lo que doy
y simplemente darte.
Quiero aprenderte,
en lo evidente
y en lo que escondes.
Quiero conocer tus silencios
sin sentir que tengo que llenarlos.
Quiero ser ese lugar
al que vuelves
cuando algo te pesa,
donde no tienes que explicarlo todo
para ser entendido.
Quiero que pienses en mí
como tu mujer…
no desde la posesión,
sino desde la elección diaria.
Quiero ser tu soporte,
tu pausa,
tu impulso.
Y también quiero que tú
seas eso para mí.
Quiero sentirme viva en esto,
con hambre…
hambre de crecer contigo,
de construir,
de tener más,
de ser más.
No desde lo que falta,
sino desde lo que se expande.
Ser poderosa a tu lado,
no detrás de ti.
Ser tu base
y tu escudo,
sin dejar de ser
mi propio territorio.
Y sí…
quiero que seamos de esos
que no pasan desapercibidos.
No por ruido,
sino por presencia.
De los que se sienten
cuando entran a un lugar,
porque hay algo entre ellos…
algo vivo,
intenso,
inevitable—
que no se puede fingir.
No hay comentarios:
Publicar un comentario