martes, 24 de marzo de 2026

those nights

A veces queda una inquietud difícil de nombrar,
como si algo importante hubiera pasado
sin terminar de ocurrir del todo.

No es ausencia, exactamente.

Es más bien una sensación persistente
de haber estado cerca de algo…
y no haber sabido sostenerlo en las manos.

Porque hubo momentos que parecían ciertos.

No lo suficiente para afirmarlos,
pero sí lo bastante intensos
como para no poder negarlos después.

Y eso es lo que duele.

No la claridad de lo que fue,
sino la ambigüedad de lo que pudo ser.

Hay afectos que no se instalan,
pero tampoco desaparecen.

Quedan ahí,
como una forma de eco,
repitiéndose en silencio
cada vez que algo los roza.

Y entonces una parte de uno
empieza a girar alrededor de esa sensación,
casi sin darse cuenta.

No por decisión,
sino por una especie de inercia emocional
que se vuelve difícil de interrumpir.

Se ceden pequeños espacios,
se hacen pausas invisibles,
se reordena la propia vida
en función de algo que nunca termina de tomar forma.

Y cuando finalmente se mira con cuidado,

aparece una certeza incómoda:

ahí empezó a doler.

No de golpe,
no con violencia,

sino de esa manera lenta
en la que el afecto mal sostenido
va desgastando lo que toca.

Y aun así…

no todo se siente equivocado.

Porque hubo algo genuino en la forma de estar,
en la apertura,
en esa disposición casi ingenua
de creer que lo que se sentía
tenía un lugar donde quedarse.

Eso no desaparece.

Pero cambia de sentido.

Deja de ser algo que se entrega hacia afuera
y empieza a mirarse hacia adentro.

Como si la pregunta ya no fuera
qué ocurrió realmente,

sino por qué algo tan incierto
llegó a ocupar tanto espacio.

Tal vez no era la otra presencia
lo que sostenía todo,

sino la forma en que se necesitaba creer.

Y eso es más difícil de soltar.

Porque no se pierde solo lo vivido,

se pierde también la idea
de lo que pudo haber sido.

Y a veces
eso pesa incluso más.

Hay una tristeza particular en eso,

una que no sabe bien a quién pertenece.

Si a lo que estuvo,
o a lo que se imaginó.

Pero en medio de esa confusión
empieza a aparecer algo distinto:

una claridad suave,
todavía frágil,
pero suficiente.

La comprensión de que no todo afecto
es un lugar para quedarse.

Que no todo lo que despierta
está destinado a sostener.

Y que, a veces,
quererse también implica

dejar de insistir
en lo que nunca terminó de estar.

No como renuncia,

sino como una forma más honesta
de volver a sí.

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