martes, 24 de marzo de 2026

Para mi

Había una mujer
que dejó de achicarse frente al espejo.

No hizo ruido.
Fue como la marea
cuando cambia de dirección
sin pedir permiso.

Durante años
había sido orilla:
pies abiertos a todo,
manos extendidas,
el pecho aprendiendo a sostener
lo que apenas sabía nombrarla.

Hasta que el cuerpo habló.

La piel cansada de ser frontera.
La boca entendiendo que no todo merece su nombre.
Las caderas recordando
que no están hechas para ceder,
sino para sostenerse.

Entonces miró al mar
y se reconoció.

No en la superficie,
no en la espuma que se disuelve,
sino en lo hondo.

En esa fuerza que no se ve
pero decide el ritmo de todo.

Aprendió que no es orilla.
Que nunca lo fue.

Que es agua en movimiento,
corriente que elige,
profundidad que no se negocia.

Que puede abrirse como ola, sí,
pero también recogerse
sin explicaciones.

Que puede arder bajo la piel
como lava antigua
y aun así mantenerse intacta.

Desde entonces
ya no confunde sacudida con raíz,
ni llegada con destino.

Deja que el viento toque su superficie,
que la lluvia marque su espalda,
que el deseo le recorra el cuerpo
como un río breve—

pero no se entrega a todo lo que pasa.

Porque hay algo que ahora sabe:

no todo merece su profundidad,
no todo alcanza su altura,
no todo conoce su nombre.

Y en esa certeza
—clara, firme, viva—

hay una mujer
que ya no se contiene
ni se desborda:

se sostiene.

Como el mar,
como la tierra,
como todo lo que es inmenso

sin tener que demostrarlo.

Para todos

A veces queda una inquietud difícil de nombrar,
como si algo importante hubiera pasado
sin terminar de ocurrir del todo.

No es ausencia, exactamente.

Es más bien una sensación persistente
de haber estado cerca de algo…
y no haber sabido sostenerlo en las manos.

Porque hubo momentos que parecían ciertos.

No lo suficiente para afirmarlos,
pero sí lo bastante intensos
como para no poder negarlos después.

Y eso es lo que duele.

No la claridad de lo que fue,
sino la ambigüedad de lo que pudo ser.

Hay afectos que no se instalan,
pero tampoco desaparecen.

Quedan ahí,
como una forma de eco,
repitiéndose en silencio
cada vez que algo los roza.

Y entonces una parte de uno
empieza a girar alrededor de esa sensación,
casi sin darse cuenta.

No por decisión,
sino por una especie de inercia emocional
que se vuelve difícil de interrumpir.

Se ceden pequeños espacios,
se hacen pausas invisibles,
se reordena la propia vida
en función de algo que nunca termina de tomar forma.

Y cuando finalmente se mira con cuidado,

aparece una certeza incómoda:

ahí empezó a doler.

No de golpe,
no con violencia,

sino de esa manera lenta
en la que el afecto mal sostenido
va desgastando lo que toca.

Y aun así…

no todo se siente equivocado.

Porque hubo algo genuino en la forma de estar,
en la apertura,
en esa disposición casi ingenua
de creer que lo que se sentía
tenía un lugar donde quedarse.

Eso no desaparece.

Pero cambia de sentido.

Deja de ser algo que se entrega hacia afuera
y empieza a mirarse hacia adentro.

Como si la pregunta ya no fuera
qué ocurrió realmente,

sino por qué algo tan incierto
llegó a ocupar tanto espacio.

Tal vez no era la otra presencia
lo que sostenía todo,

sino la forma en que se necesitaba creer.

Y eso es más difícil de soltar.

Porque no se pierde solo lo vivido,

se pierde también la idea
de lo que pudo haber sido.

Y a veces
eso pesa incluso más.

Hay una tristeza particular en eso,

una que no sabe bien a quién pertenece.

Si a lo que estuvo,
o a lo que se imaginó.

Pero en medio de esa confusión
empieza a aparecer algo distinto:

una claridad suave,
todavía frágil,
pero suficiente.

La comprensión de que no todo afecto
es un lugar para quedarse.

Que no todo lo que despierta
está destinado a sostener.

Y que, a veces,
quererse también implica

dejar de insistir
en lo que nunca terminó de estar.

No como renuncia,

sino como una forma más honesta
de volver a sí.

Para el pasado

Hubo un tiempo en que parecía suficiente.

Como si el afecto, por sí solo,
tuviera la capacidad de sostenerlo todo.

Hoy no estoy tan segura.

Hay una idea persistente —casi cómoda—
de que querer basta,
de que el vínculo se justifica
solo por la intensidad con la que se siente.

Pero quizás esa idea
no es más que una forma de postergar lo inevitable.

Porque hay afectos que, aun siendo reales,
no logran sostener una vida.

Y reconocer eso
tiene algo de quiebre.

No es solo la pérdida,
es también la caída de una creencia.

A veces quedan rastros.

No necesariamente de una persona,
sino de una forma de habitar ciertos espacios,
de una manera de reír,
de moverse,
de estar.

Y en momentos inesperados
algo de eso reaparece,
como si todavía tuviera lugar.

Pero no es nostalgia en sentido pleno.

Es más bien una especie de persistencia corporal,
como cuando el cuerpo recuerda algo
que la mente ya ha dejado atrás.

Un dolor bajo, constante,
que no irrumpe,
pero tampoco desaparece.

Se vuelve familiar.

Y en esa familiaridad
pierde intensidad,
pero no significado.

Tal vez ahí radica la confusión:

en seguir nombrando como amor
lo que ya se transformó en costumbre.

No una costumbre evidente,
sino esa repetición casi automática
de gestos, tiempos, presencias
que ya no se cuestionan.

Una continuidad sin pregunta.

Y en esa continuidad
se diluye algo esencial.

Desaparece la sorpresa,
la tensión,
esa forma de vitalidad
que antes hacía que todo tuviera sentido.

Lo que queda
no incomoda lo suficiente para romperse,
pero tampoco convoca lo suficiente para quedarse.

Y entonces aparece una claridad incómoda:

no es rechazo,
no es enojo,

es ausencia de respuesta.

Como si algo que antes se encendía
simplemente dejara de hacerlo.

Y no hay explicación precisa para eso.

Solo ocurre.

Lo difícil no es solo aceptar ese cambio,

sino convivir con la contradicción que deja:

una parte que aún se conmueve,
y otra que ya no puede volver.

Una especie de duelo invertido,

donde se suelta incluso
aquello que todavía tiene forma.

Porque permanecer ahí
sería más engañoso que partir.

No por falta de afecto,

sino por falta de verdad.

Y hay algo que empieza a ser irrenunciable:

la necesidad de no habitar vínculos
desde la inercia.

De no confundir compañía
con sentido.

De no sostener lo que ya no se sostiene
solo por evitar el vacío.

Porque ese vacío,

aunque incómodo,

es más honesto
que cualquier permanencia sin vida.

Y en medio de todo eso
aparece una forma de reparación silenciosa:

reconocer lo que fue,
sin forzarlo a seguir siendo.

Y también,

reconocer el momento exacto
en el que alguien,

aun estando,

ya no estaba.

Para ellos

No hubo una forma precisa de empezar esto.
Más bien apareció,
como suelen hacerlo ciertas ideas
que no piden orden para existir.

Hay presencias que no se van del todo.

No permanecen de manera evidente,
pero tampoco desaparecen.

Se desplazan.

Se alojan en lo cotidiano:
en una canción que no parecía importante,
en un sabor que insiste,
en esa luz particular de algunas tardes
cuando el frío empieza a insinuarse.

Y entonces ocurre—

sin aviso,
sin intención—

una especie de retorno.

No a un lugar concreto,
sino a una sensación compartida
que alguna vez tuvo forma.

Resulta extraño reconocer
que el afecto no ha desaparecido.

Ha cambiado, sí,
pero no se ha extinguido.

Ya no busca presencia,
no exige continuidad,
no reclama espacio en lo real.

Pero está.

De otra manera.

Más silenciosa,
más contenida,
casi como una memoria que respira.

Y lo que fue…

tuvo consistencia.

No como una idea,
sino como algo que podía percibirse:
en los gestos,
en los tiempos compartidos,
en esa forma particular
en que dos ritmos logran coincidir,
aunque sea por un instante.

Quedarse con eso
no es una forma de negación,

sino de precisión.

Reconocer que hubo verdad
sin exigirle permanencia.

A veces el cuerpo recuerda antes que la mente.

Un ritmo,
una cadencia,
una mínima variación en el ambiente…

y algo se activa.

No como nostalgia pura,
sino como una continuidad sutil
de lo que alguna vez fue significativo.

Y en medio de eso,
aparece también la gratitud.

No como consuelo,
sino como reconocimiento.

Porque hay encuentros
que transforman sin anunciarlo,
que dejan marcas que no buscan quedarse,
pero tampoco desaparecen.

Claro que hay dolor.

No tanto por lo que fue,

sino por la forma en que, en algún momento,
se proyectó más allá de sí mismo.

Hay una tendencia casi inevitable
a extender el presente
hacia un futuro posible,

a imaginar continuidad
donde solo había coincidencia.

Pero sostenerse en algo así
implica, a veces,
un costo más profundo.

Y hay decisiones
que no se toman desde la ausencia de amor,
sino desde la necesidad de no perderse.

Eso también es una forma de cuidado.

Hay afectos que no necesitan desaparecer
para dejar de ocupar un lugar activo.

Simplemente cambian de estado.

Se vuelven más internos,
más propios,
menos dependientes de lo externo.

Y aun así,
de vez en cuando,
aparece la idea—

no como insistencia,
sino como posibilidad lejana—

de que en otro tiempo,
bajo otras condiciones,
lo que no logró sostenerse
podría haber tomado otra forma.

No como expectativa,
sino como una forma suave
de imaginar lo no ocurrido.

Después viene la parte más compleja:

reconfigurar lo cotidiano.

Desligar los gestos,
los lugares,
las sensaciones…

de aquello con lo que fueron compartidos.

No para borrar,
sino para devolverles autonomía.

Y aprender, lentamente,
que construir algo nuevo
no implica traicionar lo anterior.

Implica, más bien,
hacer espacio.

Porque hay finales
que no vacían,

solo reorganizan.

Y desde ahí—

con todo lo que aún permanece,
pero ya no pesa—

algo empieza de nuevo.

No desde la carencia,

sino desde una forma distinta
de estar completo…
y aun así,
dispuesto.

what remains

Créeme cuando te digo que desearía, desde el fondo de mi corazón, dejar de verte en cada calle, dejar de escucharte en cada canción. Desearí...