Había una mujer
que dejó de achicarse frente al espejo.
No hizo ruido.
Fue como la marea
cuando cambia de dirección
sin pedir permiso.
Durante años
había sido orilla:
pies abiertos a todo,
manos extendidas,
el pecho aprendiendo a sostener
lo que apenas sabía nombrarla.
Hasta que el cuerpo habló.
La piel cansada de ser frontera.
La boca entendiendo que no todo merece su nombre.
Las caderas recordando
que no están hechas para ceder,
sino para sostenerse.
Entonces miró al mar
y se reconoció.
No en la superficie,
no en la espuma que se disuelve,
sino en lo hondo.
En esa fuerza que no se ve
pero decide el ritmo de todo.
Aprendió que no es orilla.
Que nunca lo fue.
Que es agua en movimiento,
corriente que elige,
profundidad que no se negocia.
Que puede abrirse como ola, sí,
pero también recogerse
sin explicaciones.
Que puede arder bajo la piel
como lava antigua
y aun así mantenerse intacta.
Desde entonces
ya no confunde sacudida con raíz,
ni llegada con destino.
Deja que el viento toque su superficie,
que la lluvia marque su espalda,
que el deseo le recorra el cuerpo
como un río breve—
pero no se entrega a todo lo que pasa.
Porque hay algo que ahora sabe:
no todo merece su profundidad,
no todo alcanza su altura,
no todo conoce su nombre.
Y en esa certeza
—clara, firme, viva—
hay una mujer
que ya no se contiene
ni se desborda:
se sostiene.
Como el mar,
como la tierra,
como todo lo que es inmenso
sin tener que demostrarlo.
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