miércoles, 29 de abril de 2026

Dedicación

En algún lugar donde el amor no se mide en promesas sino en detalles, existe una regla silenciosa:
solo quienes saben sostener, pueden quedarse.

Ella aprendió esa regla tarde, pero la aprendió bien.

Por eso, cuando pensaba en a quién querer, no imaginaba rostros, sino sensaciones.
Quería a alguien que se sintiera como una canción completa.
No un coro repetido, no un verso bonito que se olvida,
sino algo que tuviera principio, intención y permanencia.

Alguien liviano, no por superficial, sino porque no pesa amarle.
Inteligente en la forma de estar,
noble en lo que hace cuando nadie lo mira,
servicial sin que se lo pidan,
atento sin volverse invasivo,
consentidor porque disfruta querer.

En ese mismo lugar —donde lo invisible tiene más valor que lo dicho—
existen quienes aún escriben cartas a mano,
quienes entienden que dedicar una canción es quedarse,
pero dedicar discos completos es elegir todos los días.

Ella no quería gestos grandes vacíos,
quería flores con intención,
dulces sin motivo,
citas pensadas, no improvisadas por costumbre,
sorpresas que no fueran estrategia, sino deseo genuino de verla sonreír.

Y había algo más, algo que no negociaba.

Quería a alguien que no solo la eligiera a ella,
sino que supiera entrar en su mundo sin romperlo.

Que se acercara a su mundo con respeto y cariño,
que viera en su vida no una responsabilidad, sino un privilegio,
que entendiera que amar a una mujer como ella
también implica cuidar lo que ella ama.

En ese lugar, dicen que las historias no se escriben con finales,
sino con coherencia.

Y por eso, aunque muchos pasan, pocos se quedan.

Porque no todos saben ser canción.

Y ella solo estaba dispuesta a vivir, bailando la vida.

Bosque

Esa noche el bosque hablaba,
pero dentro de ella
todo era silencio.

Volvía cansada,
con algo desbordándose
que no alcanzaba a ser llanto.

Evitaba el claro,
evitaba su nombre,
pero igual se detenía.

Como si el cuerpo recordara
lo que la razón ya sabía.

Esperaba
un gesto mínimo,
un “¿cómo estás?”
que nunca llegaba.

—No es él—
se dijo—
es esta forma mía
de quedarme en lo incompleto.

Y dolió.

—¿Qué espero?
¿que cambie
o tener el valor de irme?

Se miró
y no se gustó.

—Perdóname—
susurró—
por conformarte
con tan poco.

Entonces el silencio
dejó de ser vacío.

—Si no es esto…
¿qué sí?

Y por primera vez,
no dolió.

—Quiero un amor sin duda,
sin espera,
donde pueda ser
sin traducirme.

Quiero casa.

Y esa noche
no brilló para que la encontraran,
sino apenas lo suficiente
para empezar a elegirse.

Para el desamor

La mujer que no quiso dedicar canciones.

No porque no amara la música, sino porque había aprendido que algunas letras prometen lo que ciertas personas nunca cumplen. Por eso, cuando escuchaba esas canciones, sonreía apenas, como quien reconoce una historia que ya no quiere volver a vivir, como la crónica de una muerte anunciada.

Esa mujer —que a veces se llamaba fuerte y otras veces cabrona para no decirse triste— tenía una hermana de vida, una amiga con la que compartía todo: las risas, los chismes, incluso las historias de desamor, como esta. Pero un día apareció él, y entonces todo cambió.

¿Cómo contarle a su hermana de alguien que nunca estuvo del todo?
¿Cómo explicarle una historia que empezó incompleta y terminó igual?

Porque él nunca quiso una relación. No de verdad.
Y ella, en el fondo, siempre lo supo.
Seguramente su hermana también lo supo.

Sabía que la exclusividad le pesaba, que era como intentar encerrar el viento en una botella. Pero aun así, lo dejó entrar. Y lo tuvo. Muchas veces. Lo guardó en la memoria como se guardan las olas: en el cuerpo, en la piel, en un rincón del corazón donde todavía hace eco.

Lo peor no era eso.

Lo peor era saber que, si él volvía a buscarla, ella también volvería. Como quien conoce el incendio y aun así acerca las manos al calor.

Un día, mientras se miraba al espejo, se dio cuenta de algo incómodo: había estado aferrada a casi nada. A un hombre que no la cuidaba, que no la celebraba, que nunca preguntó qué le gustaba, qué le daba miedo, qué la hacía quedarse despierta por las noches.

Entonces compró un labial nuevo.

Un color distinto. Un sabor distinto.
Y, por primera vez en mucho tiempo, no era para él.

Era extraño, pero satisfactorio: ya no caminaba detrás de nadie intentando ser vista.

Aun así, los recuerdos no desaparecían tan fácil.

Volvían como golpes pequeños: las veces que él la rechazó, como si su cuerpo fuera un error. Cuando estuvo enferma y él respondió con indiferencia. Esas pequeñas grietas que, juntas, terminaron rompiendo todo.

A veces se preguntaba si de verdad quiso eso.
Si en algún momento creyó que podía cambiarlo.

Y justo cuando la nostalgia intentaba suavizar la historia —cuando aparecían los días buenos, las risas, lo bonito— ella se detenía.

No.
No iba a engañarse.

—Mentiroso —decía en voz baja, como si él pudiera oírla.
—Mentiroso.

Porque la había hecho bajar la guardia.
Porque la hizo confiar.

Y aun así… había vuelto.
Había vuelto a entregarse, a hacerse pequeña para caber en un lugar donde nunca hubo espacio suficiente para ella.

No sabía cuánto tiempo podría sostener esa forma de existir.

Pero había algo que no podía negar: le gustaban sus besos. Le gustaba cómo la hacía sentir deseada, aunque fuera a medias, aunque fuera por ratos.

Y eso la hacía sentir un poco loca.
Un poco tonta.

A veces, todavía imaginaba esa lista de cosas que dijeron que harían juntos. Lugares, planes, futuros inventados en noches donde todo parecía posible.

Sabía que la distancia física que se avecinaba sería una especie de prueba.
Un punto de quiebre.

¿Serían o no serían?
¿Seguirían o no?

Pero mientras tanto, la mujer del labial nuevo tomó una decisión distinta.

No iba a rogar.
No iba a perseguir.

Si acaso… iba a quedarse.

Iba a dejar que su presencia pesara en la ausencia.
Que su risa se volviera recuerdo.
Que su cariño, ese que él nunca supo sostener, empezara a faltarle.

No como un hechizo oscuro, sino como una verdad inevitable:
cuando alguien se va de verdad, deja un vacío que ni el orgullo puede llenar.

Y por primera vez, no quería que él la eligiera.

Quería que la extrañara.
Que la necesitara.
Que entendiera —aunque fuera tarde— que no habría otro amor como el que dejó perder entre las manos, las piernas, la mente y el corazón…

de aquella mujer
que nunca volvió a dedicar canciones.

lunes, 20 de abril de 2026

Para mi hermano

Hay momentos en los que algo se rompe adentro
y todo se vuelve difícil de sostener.

Y en medio de eso,
pienso en ti.

No porque tengas respuestas,
sino porque contigo
las cosas no se sienten tan pesadas.

Hay algo en tu forma de estar
que no hace ruido,
pero sostiene.

Y yo…
creo que aprendí a mirar el amor desde ahí.

Por eso me confunde tanto
quedarme donde algo no alcanza.

Porque lo veo.
Lo entiendo.
Sé cuando algo no es suficiente.

Y aun así,
a veces me quedo.

No por ingenua.
No por falta de fuerza.

Sino porque hay una parte de mí
que sigue creyendo
que querer también es insistir.

Pero tú no eres así.

Tú no complicas lo esencial.
No haces del cariño un lugar incierto.

Contigo,
cuidar nunca ha sido duda.

Y tal vez por eso,
sin darme cuenta,
terminé buscando eso mismo afuera:

alguien que esté,
que sostenga,
que no haga del amor
algo que se cuestiona todo el tiempo.

Pero no todo lo que se siente
es suficiente para quedarse.

Y entender eso
también duele.

Aun así,
cuando todo se me enreda,

sigues siendo eso
a lo que vuelvo sin pensarlo.

No como escape,
sino como lugar.

Y ahí es donde algo se ordena:

en saber
que el amor que elija

tiene que ser tan claro,
tan firme,
tan tranquilo

como el que aprendí de ti.

sábado, 18 de abril de 2026

Para ti

Hay días como hoy
en los que la nostalgia no llega por lo que se fue,
sino por lo que sigue…
pero nunca termina de estar.

Y eso es peor.

Peor es extrañar lo que todavía respira,
pero se escurre entre las manos
como si nunca hubiera sido realmente mío.

Hoy me pesa esta sensación
de haber querido darlo todo,
de haberme abierto sin medida,
mientras algo en mí —muy adentro—
ya sabía que no iba a ser correspondido.

Y aun así lo hice.

Me quedé, insistí, ofrecí.
Como si amar más
fuera a cambiar algo.

Vivo con esta sed absurda
de demostrar lo que soy capaz de dar,
de desnudar mi alma
frente a alguien
que nunca tuvo la intención de mirarla.

Y entonces llegan las dudas.

Silenciosas, pero constantes.

¿Fuiste sincero alguna vez?
¿O fui yo quien decidió creer?
¿Me estoy volviendo como tú…
o esto es el resultado de haber ignorado tantas señales?

A veces pienso que es una especie de castigo,
una limpieza dolorosa
de todo lo que no supe ver a tiempo.

No debí abrirte mi casa.
No debí hacerte real en mi mundo.
No debí pronunciar tu nombre
como si significara algo más.

Y, sobre todo,
no debí soltarte el corazón
con esa facilidad.

Aunque ahora…
lo sienta de regreso,
golpeado, sí,
pero otra vez mío.

Porque tú…

tú fuiste un vicio.

Y lo más cruel
es que aún puedo nombrar todo lo que me atrapó:
tu cuerpo,
tus labios,
tus besos,
tu fuerza…

pero también tu indiferencia,
tu distancia calculada,
esa forma tuya de dominar sin quedarte.

Y duele reconocer
que todo eso que me hería
era exactamente lo que más me atraía.

Pero no fui ingenua.

Vi el momento exacto
en que decidiste no elegirme.
Vi cómo tomaste lo que querías,
cómo te quedaste hasta llenarte…

y cómo, cuando ya estabas bien,
simplemente me dejaste atrás.

Como si yo hubiera sido un lugar de paso.

Y no.

No voy a cargar con esa historia mal contada.

El problema no soy yo.
Nunca lo fui.

Yo sé lo que di.
Sé lo que ofrecí sin reservas.

El problema eres tú:
tu incapacidad de ser claro,
tu cobardía para cerrar lo que empiezas,
tu necesidad de dejar que otros hagan el trabajo sucio por ti.

Esperabas que yo terminara esto.
Que yo cargara con la culpa.
Que yo fuera la que se fuera.

Pero no.

No esta vez.

No voy a darte esa salida fácil.
No voy a regalarte mi dignidad
para que puedas seguir fingiendo que no hiciste nada.

Me hiciste aprender.

A la fuerza, sí,
pero aprendí.

Aprendí a ver,
a leer entre gestos,
a no confundirme con migajas disfrazadas de afecto.

Me hiciste tu mejor estudiante.

Y ahora…
ahora soy más peligrosa en lo que entiendo,
más fría en lo que permito,
más clara en lo que merezco.

Ya no soy la misma.

Ahora soy sagaz.
Ahora soy más inteligente.

Y esta vez,
el final
lo escribo yo.

domingo, 5 de abril de 2026

Para ellas

Sí, me da miedo desbordarme.

Me da miedo no reconocerme
cuando estoy sin defensas,
cuando bajo la guardia
y dejo de calcular cada palabra,
cada gesto.

Me da miedo que un día mi forma de sentir
te parezca demasiado,
que la mires desde lejos
y te burles de lo que soy
cuando no estoy protegida.

Me da miedo no saber sostenerme
si llega la decepción.

Pero aun así…

aun así, me rehúso a pensar mal de ti.

Porque hay algo en ti
que me desarma sin violencia.

No puedo ignorar la forma
en que hablas de mi vida,
como si ya la cuidaras
desde un lugar suave,
serio… real.

No puedo ignorar
cómo me buscas en las noches,
como si dormir juntos
no fuera costumbre,
sino refugio.

Como si mi cuerpo
también fuera descanso para ti.

No puedo ignorar
cómo me sostienes…

esa mezcla exacta
entre firmeza y fuerza,
que no invade,
pero tampoco duda.

Y entonces…

elijo quedarme aquí.

En esto que empieza a crecer
sin pedir permiso.

Quiero seguir queriéndote.

Quiero dejar de medir lo que doy
y simplemente darte.

Quiero aprenderte,
en lo evidente
y en lo que escondes.

Quiero conocer tus silencios
sin sentir que tengo que llenarlos.

Quiero ser ese lugar
al que vuelves
cuando algo te pesa,
donde no tienes que explicarlo todo
para ser entendido.

Quiero que pienses en mí
como tu mujer…

no desde la posesión,
sino desde la elección diaria.

Quiero ser tu soporte,
tu pausa,
tu impulso.

Y también quiero que tú
seas eso para mí.

Quiero sentirme viva en esto,

con hambre…

hambre de crecer contigo,
de construir,
de tener más,
de ser más.

No desde lo que falta,
sino desde lo que se expande.

Ser poderosa a tu lado,
no detrás de ti.

Ser tu base
y tu escudo,

sin dejar de ser
mi propio territorio.

Y sí…

quiero que seamos de esos
que no pasan desapercibidos.

No por ruido,

sino por presencia.

De los que se sienten
cuando entran a un lugar,

porque hay algo entre ellos…

algo vivo,
intenso,
inevitable—

que no se puede fingir.

what remains

Créeme cuando te digo que desearía, desde el fondo de mi corazón, dejar de verte en cada calle, dejar de escucharte en cada canción. Desearí...