La mujer que no quiso dedicar canciones.
No porque no amara la música, sino porque había aprendido que algunas letras prometen lo que ciertas personas nunca cumplen. Por eso, cuando escuchaba esas canciones, sonreía apenas, como quien reconoce una historia que ya no quiere volver a vivir, como la crónica de una muerte anunciada.
Esa mujer —que a veces se llamaba fuerte y otras veces cabrona para no decirse triste— tenía una hermana de vida, una amiga con la que compartía todo: las risas, los chismes, incluso las historias de desamor, como esta. Pero un día apareció él, y entonces todo cambió.
¿Cómo contarle a su hermana de alguien que nunca estuvo del todo?
¿Cómo explicarle una historia que empezó incompleta y terminó igual?
Porque él nunca quiso una relación. No de verdad.
Y ella, en el fondo, siempre lo supo.
Seguramente su hermana también lo supo.
Sabía que la exclusividad le pesaba, que era como intentar encerrar el viento en una botella. Pero aun así, lo dejó entrar. Y lo tuvo. Muchas veces. Lo guardó en la memoria como se guardan las olas: en el cuerpo, en la piel, en un rincón del corazón donde todavía hace eco.
Lo peor no era eso.
Lo peor era saber que, si él volvía a buscarla, ella también volvería. Como quien conoce el incendio y aun así acerca las manos al calor.
Un día, mientras se miraba al espejo, se dio cuenta de algo incómodo: había estado aferrada a casi nada. A un hombre que no la cuidaba, que no la celebraba, que nunca preguntó qué le gustaba, qué le daba miedo, qué la hacía quedarse despierta por las noches.
Entonces compró un labial nuevo.
Un color distinto. Un sabor distinto.
Y, por primera vez en mucho tiempo, no era para él.
Era extraño, pero satisfactorio: ya no caminaba detrás de nadie intentando ser vista.
Aun así, los recuerdos no desaparecían tan fácil.
Volvían como golpes pequeños: las veces que él la rechazó, como si su cuerpo fuera un error. Cuando estuvo enferma y él respondió con indiferencia. Esas pequeñas grietas que, juntas, terminaron rompiendo todo.
A veces se preguntaba si de verdad quiso eso.
Si en algún momento creyó que podía cambiarlo.
Y justo cuando la nostalgia intentaba suavizar la historia —cuando aparecían los días buenos, las risas, lo bonito— ella se detenía.
No.
No iba a engañarse.
—Mentiroso —decía en voz baja, como si él pudiera oírla.
—Mentiroso.
Porque la había hecho bajar la guardia.
Porque la hizo confiar.
Y aun así… había vuelto.
Había vuelto a entregarse, a hacerse pequeña para caber en un lugar donde nunca hubo espacio suficiente para ella.
No sabía cuánto tiempo podría sostener esa forma de existir.
Pero había algo que no podía negar: le gustaban sus besos. Le gustaba cómo la hacía sentir deseada, aunque fuera a medias, aunque fuera por ratos.
Y eso la hacía sentir un poco loca.
Un poco tonta.
A veces, todavía imaginaba esa lista de cosas que dijeron que harían juntos. Lugares, planes, futuros inventados en noches donde todo parecía posible.
Sabía que la distancia física que se avecinaba sería una especie de prueba.
Un punto de quiebre.
¿Serían o no serían?
¿Seguirían o no?
Pero mientras tanto, la mujer del labial nuevo tomó una decisión distinta.
No iba a rogar.
No iba a perseguir.
Si acaso… iba a quedarse.
Iba a dejar que su presencia pesara en la ausencia.
Que su risa se volviera recuerdo.
Que su cariño, ese que él nunca supo sostener, empezara a faltarle.
No como un hechizo oscuro, sino como una verdad inevitable:
cuando alguien se va de verdad, deja un vacío que ni el orgullo puede llenar.
Y por primera vez, no quería que él la eligiera.
Quería que la extrañara.
Que la necesitara.
Que entendiera —aunque fuera tarde— que no habría otro amor como el que dejó perder entre las manos, las piernas, la mente y el corazón…
de aquella mujer
que nunca volvió a dedicar canciones.