No hubo una forma precisa de empezar esto.
Más bien apareció,
como suelen hacerlo ciertas ideas
que no piden orden para existir.
Hay presencias que no se van del todo.
No permanecen de manera evidente,
pero tampoco desaparecen.
Se desplazan.
Se alojan en lo cotidiano:
en una canción que no parecía importante,
en un sabor que insiste,
en esa luz particular de algunas tardes
cuando el frío empieza a insinuarse.
Y entonces ocurre—
sin aviso,
sin intención—
una especie de retorno.
No a un lugar concreto,
sino a una sensación compartida
que alguna vez tuvo forma.
Resulta extraño reconocer
que el afecto no ha desaparecido.
Ha cambiado, sí,
pero no se ha extinguido.
Ya no busca presencia,
no exige continuidad,
no reclama espacio en lo real.
Pero está.
De otra manera.
Más silenciosa,
más contenida,
casi como una memoria que respira.
Y lo que fue…
tuvo consistencia.
No como una idea,
sino como algo que podía percibirse:
en los gestos,
en los tiempos compartidos,
en esa forma particular
en que dos ritmos logran coincidir,
aunque sea por un instante.
Quedarse con eso
no es una forma de negación,
sino de precisión.
Reconocer que hubo verdad
sin exigirle permanencia.
A veces el cuerpo recuerda antes que la mente.
Un ritmo,
una cadencia,
una mínima variación en el ambiente…
y algo se activa.
No como nostalgia pura,
sino como una continuidad sutil
de lo que alguna vez fue significativo.
Y en medio de eso,
aparece también la gratitud.
No como consuelo,
sino como reconocimiento.
Porque hay encuentros
que transforman sin anunciarlo,
que dejan marcas que no buscan quedarse,
pero tampoco desaparecen.
Claro que hay dolor.
No tanto por lo que fue,
sino por la forma en que, en algún momento,
se proyectó más allá de sí mismo.
Hay una tendencia casi inevitable
a extender el presente
hacia un futuro posible,
a imaginar continuidad
donde solo había coincidencia.
Pero sostenerse en algo así
implica, a veces,
un costo más profundo.
Y hay decisiones
que no se toman desde la ausencia de amor,
sino desde la necesidad de no perderse.
Eso también es una forma de cuidado.
Hay afectos que no necesitan desaparecer
para dejar de ocupar un lugar activo.
Simplemente cambian de estado.
Se vuelven más internos,
más propios,
menos dependientes de lo externo.
Y aun así,
de vez en cuando,
aparece la idea—
no como insistencia,
sino como posibilidad lejana—
de que en otro tiempo,
bajo otras condiciones,
lo que no logró sostenerse
podría haber tomado otra forma.
No como expectativa,
sino como una forma suave
de imaginar lo no ocurrido.
Después viene la parte más compleja:
reconfigurar lo cotidiano.
Desligar los gestos,
los lugares,
las sensaciones…
de aquello con lo que fueron compartidos.
No para borrar,
sino para devolverles autonomía.
Y aprender, lentamente,
que construir algo nuevo
no implica traicionar lo anterior.
Implica, más bien,
hacer espacio.
Porque hay finales
que no vacían,
solo reorganizan.
Y desde ahí—
con todo lo que aún permanece,
pero ya no pesa—
algo empieza de nuevo.
No desde la carencia,
sino desde una forma distinta
de estar completo…
y aun así,
dispuesto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario