lunes, 20 de julio de 2026

La memoria de tu sabor

Hoy tuve ganas de volver a escribirte,
aunque, en realidad, siempre me sucede cuando te veo:
cuando tus ojos, apenas entreabiertos,
me encuentran como si quisieras jugar a las escondidas
y dejarme la tarea de encontrarte
una y otra vez.

Amo cómo se rasgan tus ojos cuando te ríes,
cómo se cierran despacio cuando eres feliz,
como si el mundo, por un instante,
pudiera caber entero
en el pequeño espacio
que existe entre tus párpados.

Amo sentir tus brazos alrededor de mí,
ese abrazo fuerte, casi desesperado,
como si no quisieras dejarme ir,
como si mi cuerpo fuera la última cucharada
de algo que llevabas mucho tiempo esperando.

Cuando me pides que me acerque,
cuando me dices que no me vaya,
hay en tu voz una dulzura que no se parece al azúcar,
sino a esas cosas que alimentan de verdad:
al pan recién hecho,
a la sopa caliente en una noche fría,
a la certeza de encontrar un plato servido
cuando uno ya no sabía
que todavía tenía hambre.

Tus besos saben a humo.
A chocolate derritiéndose lentamente en la lengua.
A calma después del ruido.
A casa.

A veces saben a lo que no sé nombrar,
a esa mezcla extraña de deseo y ternura,
de hambre y descanso,
de querer acercarme tanto
que ya no sé dónde termina mi cuerpo
y empieza el tuyo.

Y aunque no estés frente a mí,
todavía recuerdo el sabor de tu presencia.

Recuerdo tus cabellos negros moviéndose suavemente,
como el trigo cuando el viento lo toca
sin arrancarlo de la tierra.

Recuerdo tu pecho subiendo y bajando mientras duermes,
lento, profundo, tranquilo,
como un bosque que cierra sus ojos
porque sabe que está a salvo.

Y yo quisiera seguir acompañando tus pasos.

Gracias por mostrarme tu vida
como quien entrega, poco a poco,
las piezas de un rompecabezas
sin prometer que alguna vez
será sencillo completarlo.

Cada fragmento tuyo que me das
me enseña algo de ti:
una herida, una risa, un miedo,
una costumbre, una sombra,
una parte de tu historia
que antes no sabía cómo tocar.

Y yo aprendo.

Aprendo a quererte
como se aprende una receta que no está escrita:
probando despacio,
equivocándome,
añadiendo un poco más de paciencia,
quitando el miedo,
dejando que el tiempo haga su trabajo.

Porque no importa qué tan difícil sea,
qué tan ridículo,
qué tan improbable,
qué tan inimaginable parezca el camino.

Hay una parte de mí
que todavía sabe quedarse.

Ahí voy a estar.

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