No porque el amor sea siempre dulce.
Sé que también conoce la sal
de aquello que duele,
la amargura de lo que no se dice,
la acidez de las dudas
y ese extraño vacío
que deja el hambre cuando no sabe
qué es lo que está esperando.
Pero hay sabores que permanecen
mucho después de que todo termina.
Y quizá eso sea también amar:
aprender a reconocerte
incluso con los ojos cerrados,
saber cuándo eres tú
sin que nadie tenga que pronunciar tu nombre.
Tú me sabes a amor,
a cuidado,
a entrega.
Me sabes a deseo
y a admiración.
A esa clase de hambre
que no quiere consumir,
sino conocer.
A la paciencia de probar despacio
lo que no se revela de una sola vez,
a la certeza de que algunas cosas
solo se comprenden
cuando se han saboreado
con el tiempo.
Y sé que te amo
porque le pido a Dios por ti.
Por tu corazón.
Por tus sueños.
Por todo aquello que todavía no conozco
y por todo lo que alguna vez
me permitiste conocer.
Le pido que me dé la fortaleza
que nuestra historia necesita.
Que me enseñe a ser una mujer fuerte dentro de nuestro amor,
no para sostenerlo todo sola,
sino para no huir
cuando lleguen los días difíciles.
Le pido que me permita ser tu lugar seguro,
ese sitio al que puedas volver
sin tener que esconder tus partes rotas.
Que tus miedos encuentren en mí
un lugar donde puedan descansar.
Que tus tristezas
no tengan que fingir dulzura.
Que tu corazón, cuando se canse,
sepa que puede quedarse.
Y si algún día el amor cambia de sabor,
si se vuelve recuerdo,
si deja en la lengua
esa mezcla extraña
de dulzura y despedida,
si algún día ya no somos lo que fuimos,
quiero pensar que, aun así,
habrá algo de ti que permanecerá en mí:
no como una promesa,
ni como una herida,
sino como permanece
en la boca aquello que alguna vez
fue verdaderamente saboreado.
Porque hay amores que no terminan
cuando dejan de existir.
Algunos simplemente cambian de forma.
Y tú, amor mío,
en cualquier forma que adoptes en mi vida,
habrás sido siempre
una de las cosas más profundas
que mi corazón aprendió a conocer.
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